Cuando bajé a la cocina, Lucy ya estaba sentada a la mesa, devorando una tostada con mermelada mientras Margaret le llenaba el vaso de zumo.
—¡Helena! —Gritó al verme. —¿Sabes que papá y yo tenemos un secreto?
Margaret me miró con una ceja arqueada.
—¿Un secreto? —Pregunté, sentándome frente a ella.
—Sí. Pero no puedo contártelo. Porque es un secreto de espías.
—Claro. Los secretos de espías son muy serios.
—Los más serios del mundo. —Lucy asintió con gravedad, y luego bajó la voz. —Pero si qui