Las horas siguientes al descubrimiento de las fotos fueron las más largas de mi vida. No porque el tiempo se hubiera detenido, sino porque cada segundo pesaba como una losa de granito sobre mi pecho, y cada respiración era un esfuerzo titánico que me recordaba que seguía viva, que seguía sintiendo, que seguía sufriendo. Las imágenes de William e Isabel se habían quedado grabadas en mi retina como hierro candente, y cada vez que cerraba los ojos las veía otra vez: sus labios pegados a los de ell