El regreso a Nueva York fue un viaje silencioso, roto solo por el rumor de los motores del avión privado que Jackson había fletado para la ocasión. William dormía la mayor parte del tiempo, con la cabeza apoyada en mi hombro y la respiración pausada, como si el esfuerzo de recordar lo hubiera agotado más que el propio golpe. Yo no podía dormir. No podía dejar de pensar en Isabel, en las fotos, en la forma en que me había mirado antes de salir de la habitación del hospital. No era odio lo que ha