Mundo ficciónIniciar sesiónPOV: Valentina
Abro la puerta.
Isabel está ahí. Ropa casual. Café en la mano. Una sonrisa que no termina de llegar a sus ojos. O soy yo, que ya no sé leer caras.
—Pensé que podías necesitar compañía —dice.
—No es un buen momento.
—Por eso vine.
Se queda en el umbral. No entra. No la invito a entrar. No nos movemos.
—Escuché lo de Sebastian —dice Isabel.
—¿Cómo?
—Aldenvera es chica. Las noticias vuelan.
Miento si digo que me sorprende. La oficina de Peralta, el directorio, alguien habló. Alguien siempre habla. Pero que Isabel sepa tanto, tan rápido, me hace ruido. Camila me advirtió. Un rumor. Algo sobre preguntas del testamento. Lo guardé en un rincón de mi cabeza. Ahora vuelve.
—Se fue —digo.
—Lo sé.
—¿Y qué más sabes?
Isabel me mira. Pausa. La justa. La que hace que parezca que duda antes de decir algo que le duele.
—Sé que recibió un sobre con la carpeta de Camila. Con la lista. Con la anotación de técnicamente funcional. Y con la frase del menos pelotudo.
Esa última palabra me pega en el pecho. Escucharla en voz alta es peor que leerla.
—No sé cómo llegó a eso —digo.
—Rodrigo —dice Isabel. Sin dudar. Como si fuera obvio.
—¿Estás segura?
—Suficientemente.
La miro. Quiero preguntarle cómo sabe tanto. Quiero preguntarle si ella tuvo algo que ver. Pero no puedo. Porque si pregunto, voy a tener que creer la respuesta. Y si la respuesta es la que temo, voy a tener que aceptar que mi amiga me traicionó.
No estoy lista para eso.
—¿Por qué viniste? —pregunto.
Isabel da un paso. No entra. Pero se acerca.
—Porque te conozco, Val. Y sé lo que estás pensando.
—No sabes lo que estoy pensando.
—Sí. Estás pensando en ir a buscarlo. En ir al hotel donde se quedó. En sentarte en el lobby hasta que te reciba. En decirle que lo sientes. En hacer cualquier cosa para que vuelva.
No respondo. Porque es verdad.
—Y yo vine a decirte que no lo hagas —dice Isabel.
La miro.
—¿Qué?
—Que no vayas. Que no lo busques. Que no te arrastres por un hombre que se fue porque no pudo manejar la verdad.
El aire se me escapa.
—¿Cómo dices?
—Digo que él sabía que esto había empezado como un contrato. Sabía que había una lista. Sabía que no fue elegido por amor al principio. Y aún así se fue. Porque su orgullo es más grande que lo que siente por ti.
—No es así.
—¿Cómo es entonces?
Quiero responder. Quiero explicarle que no es orgullo. Que es dolor. Que no es lo mismo. Pero las palabras no me salen.
Isabel sigue.
—Tú eres Valentina Monteclair. Enfrentaste a todo el directorio. Construiste esta empresa sola. Diste charlas sobre autonomía femenina. Sobre no necesitar a un hombre para ser completa. ¿Y ahora vas a ir a mendigarle que vuelva?
—No es mendigar.
—¿Qué es entonces?
Silencio.
—Es luchar por alguien que quiero —digo.
—¿O es no poder estar sola?
La pregunta me atraviesa. Porque Isabel no pregunta con maldad. Pregunta con preocupación. O eso parece. O eso quiero creer.
—No es eso —digo.
—¿Segura?
Me quedo en el umbral. Las llaves en la mano. La puerta abierta. Isabel enfrente.
Apoyo la espalda en el marco. Necesito sostenerme.
—He escuchado tus charlas, Val. He escuchado tus conferencias. He leído tus artículos. La autonomía no se negocia. La mujer no nace, se hace. El techo de cristal no se rompe con paciencia sino con determinación. ¿Eso se acabó porque conociste a Sebastian?
—No se acabó. Es diferente.
—¿Diferente cómo? ¿Porque él tiene los ojos claros? ¿Porque te hace reír? ¿Porque prepara café sin que se lo pidas?
Muerdo el labio.
Isabel sabe lo del café. Lo sabe porque se lo conté. En otro almuerzo. En otra vida. Cuando pensaba que todo esto era solo un contrato que iba a terminar bien. Cuando todavía confiaba en ella sin reservas.
—No es solo eso —digo.
—Entonces ¿qué es?
—No sé explicarlo.
—Inténtalo.
Respiro hondo. Miro el pasillo vacío. Las puertas de los vecinos. La luz del ascensor.
—Es que me ve. Me ve de verdad. No a la CEO. No a la nieta de Ernesto. No a la mujer que tiene que demostrar todo el tiempo. Me ve a mí.
—¿Y eso no puede hacerlo otro?
—No. No puede.
—¿Por qué?
—Porque no quiero que otro lo haga.
Isabel me mira. Su cara cambia. Algo se mueve detrás de sus ojos. No sé qué es.
—¿Y él? —pregunta—. ¿Te ve? Porque si se fue por una frase dicha en un contexto que ya no existe, tal vez no te ve tanto como crees.
—Eso no es justo.
—El amor no es justo, Val. Nunca lo es. Pero tú siempre fuiste justa. Contigo misma. Con tus principios. No permitas que un hombre te haga olvidar quién eres.
—No lo está haciendo.
—¿Estás segura?
Bajo la mirada. Miro mis manos. Las llaves. El anillo que no me saqué. El que me puso Sebastian el día de la boda legal. En la oficina de Peralta. Con la planta en el rincón.
—No sé nada —digo—. Solo sé que si no voy, me voy a arrepentir.
—¿Y si vas y te arrepientes?
—Ese es el riesgo.
Isabel suspira. Como si le doliera. Como si estuviera decepcionada.
—Está bien —dice—. Es tu decisión. Pero piensa en lo que te dije.
—Lo voy a pensar.
—¿De verdad?
—De verdad.
Isabel asiente. Da un paso atrás.
—Suerte, Val. Ojalá valga la pena.
Se da vuelta. Camina hacia el ascensor. No la llamo. No le digo que se quede. No le digo nada. Algo en su espalda me dice que no quiere escucharlo. O que ya sabe lo que voy a hacer.
El ascensor se abre. Isabel entra. Las puertas se cierran.
Me quedo en el umbral. Las llaves en la mano. La puerta abierta.
La autonomía no se negocia.
Eso dije. En una conferencia. Hace meses. Cuando todo esto no existía.
Una mujer no debe arrastrarse por un hombre.
Eso también.
Isabel tiene razón en lo que dice. Los hechos son ciertos. Los principios también.
Pero el amor no es una conferencia. No es una lista. No es un contrato.
O tal vez sí. Tal vez todo es lo mismo y yo me estoy mintiendo.
Camila me advirtió. Mateo me dijo que vaya. Renata también. Isabel me dice que no.
No sé quién tiene razón.
Cierro la puerta.
Apoyo la frente en la madera.
Las llaves en la mano.
No sé si voy a ir.
No sé si debo.
Pero algo en el pecho me dice que si no voy ahora, no voy a ir nunca.
Y eso, tal vez, es lo único que importa.







