Papá, recuerda.
Dos palabras.
Eso era todo.
Dos palabras escritas con la torpeza de una mano infantil sobre la superficie del cuarto clavo.
Y, aun así, fueron suficientes para hacer que Kael dejara de luchar.
No cayó.
No gritó.
Simplemente se quedó inmóvil en medio del salón central, todavía de rodillas ante la corona, con una cadena rota colgando de una muñeca y sangre descendiendo por su mandíbula.
La armadura carmesí lo observó.
Darius había encontrado por fin algo más peligroso que una ment