TRAICIÓN.
La palabra brillaba sobre el pecho de Viola.
No estaba escrita con tinta.
Ni con sangre.
Era una runa negra incrustada bajo su piel, atravesada por el quinto clavo como si alguien hubiera decidido convertir a una mujer en una página particularmente desagradable de un libro.
Viola respiraba.
Apenas.
Cada vez que lo hacía, el sello se iluminaba.
—No lo toques —dijo.
Me detuve.
—Estaba considerando empezar con un saludo.
—No tenemos tiempo.
—Entonces definitivamente no eres Mirella.
Viol