El nombre de Marcos cayó sobre la sala de juntas como un balde de agua helada.
Antonio se congeló a mitad de camino, a apenas medio metro de Julián Vértice. La vena de su cuello seguía latiendo con fuerza, pero la ira visceral que sentía hace un instante por el atrevimiento del hombre fue reemplazada de inmediato por una lucidez fría y peligrosa. Sus ojos azules se clavaron en la tableta que el joven asistente sostenía con manos temblorosas.
Julián, perdiendo por completo la compostura arrog