La tormenta nocturna había cedido paso a una madrugada serena, teñida por un velo de niebla baja sobre las crestas del agua. La casa del puerto amaneció envuelta en esa penumbra tibia que antecede a los primeros destellos del sol.
En el dormitorio principal, las sábanas de lino blanco descansaban revueltas sobre el lecho. Mia despertaba despacio, sintiendo la pesadez placentera en el cuerpo y el brazo firme e imponente de Antonio rodeando su cintura, manteniéndola pegada a su torso desnudo c