El sol de finales de verano caía con una plenitud dorada sobre la gran terraza de la casa del puerto. A diferencia de las primeras horas de la mañana, cuando la niebla todavía envolvía las rocas con una frialdad casi mística, el mediodía había despejado el cielo por completo, dejando al descubierto una inmensidad azul que se confundía con la línea del horizonte.
En el centro de la terraza, la mesa de madera de teca no albergaba esta vez planos de barcos ni balances financieros de la antigua f