—¡Yo no sé nada de esa corrupción! —replicó Ayseli con firmeza, aunque su cuerpo temblaba ligeramente—. ¡No puedes juzgarme por lo que otros hicieron!
De pronto, Raymond se movió.
¡BAM!
¡¡Él la empujó contra el colchón!!
—¡Ah! —Ayseli, soltó un gritito.
Ese enorme macho la encimó en segundos, su sombra y su fuerza cubriéndolo todo.
El corazón de Ayseli latía a golpes, subiendo y bajando su pecho con violencia.
—¡Quítate! —jadeó ella, ya que en la inercia de la caída… El abrigo se había