Ella retrocedió medio paso, clavando los dedos en la tela de la camisa sobre el abdomen, su pequeña pancita de embarazo notándose.
—Fort… —susurró Ayseli con la voz rota—. ¿Por qué eres cruel conmigo? Tú siempre… tú siempre fuiste bueno…
—¡BASTA, AYSELI! —rugió él, dando un paso al frente—. No me provoques, vete. Obedece a tu Alfa, no me metas en tus problemas.
Los labios de Ayseli temblaron, dos gotas resbalaron por sus mejillas y ella apretó los dientes.
—Entonces… —murmuró ella, p