Capítulo 105. Una mujer que no se quiebra.
Trina
La oscuridad era densa. No como la de una noche sin luna, sino como un abismo sin fondo. Una oscuridad que no solo te ciega los ojos, sino que te ahoga el alma.
Cuando volví en mí, el dolor fue lo primero que reconocí. Era punzante, como si alguien estuviera enterrando brasas en mi nuca. El cráneo me latía, mis labios partidos. El cuerpo entero era un campo minado de hematomas. Y las muñecas... ¡Dios, las muñecas! Eran un tormento. Las sogas apretaban tanto que ya no sentía los dedos. Sol