El reloj marcaba pasada la medianoche cuando desperté con la sed pegada a la garganta, la casa estaba sumida en un silencio pesado, solo roto por el leve zumbido del aire acondicionado. Me levanté despacio, con cuidado de no hacer ruido, y caminé hacia la cocina.
El pasillo parecía más largo de lo que era, y mis pies descalzos apenas hacían contacto con la alfombra. Tomé un vaso y lo llené de agua, cuando escuché un crujido provenir del patio trasero. Mi corazón dio un salto, el susto inicial