Pegué el teléfono al oído con la mano temblorosa, mientras Asher se acomodaba sobre mis piernas, percibiendo mi nerviosismo, ronroneando suavemente. La línea vibró un segundo antes de que una voz conocida, fría y cargada de arrogancia, penetrara en mi cabeza.
—Hola, Evie —dijo él, como si nada, su tono suave y calculador, lleno de ese desprecio que siempre me había revolcado el estómago—. Supongo que sabes por qué te llamo.
—Papá… —musité, con un hilo de voz, aunque lo odiara, aunque cada palab