Había una decisión que Sebastián llevaba meses dando vueltas, del tipo que no es urgente pero tampoco desaparece, que sale en los momentos quietos y se instala con la persistencia de algo que sabe que tiene que ser dicho eventualmente.
La sacó un domingo de enero, tarde, con Camila dormida después de la extenuación feliz de su primera semana caminando por todo el apartamento como si hubiera descubierto que el mundo tiene más dimensiones de las que conocía y necesitara verificar cada centímetro.