Capítulo Diez — La telaraña...

Lorenzo Bianchi

Dejé a Diana en ese edificio sencillo y me dirigí hacia mi auto, obligándome a no mirar atrás.

Sabía que, si cedía a la tentación de girar el rostro, no resistiría el deseo avasallador de tomarla en mis brazos y llevármela conmigo.

Pensar que un cobarde bastardo la había embarazado y abandonado a su suerte para enfrentar todo sola despertaba mi peor lado.

Una furia primitiva quemaba en mi pecho, haciéndome sentir unas ganas violentas de encontrar a ese hombre y hacerlo pagar
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