50. CAMINANDO HACIA EL DESTINO
CONDE LUIS RENARD
Creí que lo peor había pasado.
Que el dolor había cedido un poco tras esas dos semanas sin verla; que mis noches ahogadas en licor habían servido de algo. Pensé que finalmente estaba listo para dejar ir a Lizzy... a mi dulce y torpe Lizzy.
Me equivoqué.
El peso de las palabras de su madre sigue clavado en mi pecho como una daga. Fue muy clara: no me quiere cerca de su hija.
Y tenía razón, maldita sea. Yo no soy nadie frente a un príncipe.
No tengo un reino que ofrecer.
Solo pu