Amarillis
Los siguientes días transcurrieron a un ritmo extraño e inquieto. La manada se movía como una máquina, cada hombre adaptándose a un rol que había practicado durante doscientos años. Magnus organizaba las reparaciones en los muros derruidos del castillo, Tobias patrullaba el perímetro con una mirada siempre vigilante, Callum mantenía la fogata encendida y la comida lista, Killian exploraba con temeraria facilidad, y Thorne traía agua para el grupo.
En cuanto a mí, mantuve la distancia.