Capítulo 36. La paga de la maldad es el infierno
El rostro del hombre palideció, se aferró a la silla como si estuviera anclándose a un salvavidas.
—No puedes entrar de esa manera a mi oficina, debes salir de aquí. Llamaré a seguridad para que te saquen —. Levantó el teléfono para marcarle a seguridad.
—Me parece buena idea Simón, así me evitas a mí el trabajo de tener que llamarlos, aunque ya vienen los míos —ante sus palabras el hombre detuvo su mano— ¡Vamos! ¡No te detengas! Hazlo Por cierto, tienes diez minutos para recoger tus cosas, si