Ángela se miró en el espejo, evaluando su atuendo. Había elegido un vestido rojo intenso que resaltaba su figura y hacía que su piel brillara. Se maquilló con sutileza, realzando sus ojos y labios.
— Estoy lista —dijo para sí misma, sintiendo una mezcla de confianza y tristeza.
Pensó en Mariana, su supuesta mejor amiga. La tristeza la invadió, pero se recordó a sí misma que era hora de dejar atrás el pasado.
— Gracias, Dios —dijo Ángela—, por mostrarme la clase de persona que era.
Su teléfono s