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La claustrofobia no llegaba con advertencias. No tocaba a la puerta ni esperaba permiso. Simplemente se instalaba en el pecho como un puño cerrado, apretando cada vez más fuerte hasta que respirar se convertía en una batalla perdida.

Ximena despertó a las tres de la madrugada con los pulmones ardiendo y el corazón desbocado. Las paredes del penthouse, con sus ventanales de piso a techo y su diseño minimalista, se cerraban sobre ella como las mandíbulas de una trampa. El aire acondicion

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