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La detonación que rasgó el aire nocturno fue tan brutal que Victoria sintió cómo sus tímpanos protestaban con un zumbido agudo que se extendió por toda su cabeza. El suelo de concreto áspero se convirtió en su única realidad mientras las luces del almacén parpadeaban una vez más antes de sumergir todo en una oscuridad absoluta que parecía tener peso propio.

—¡Al suelo! ¡Todos al suelo! —La voz de Don Héctor atravesó el caos como el rugido de un animal herido, pero Victoria ya estaba allí, con las palmas extendidas contra el frío concreto, sintiendo cómo cada fibra de su cuerpo se tensaba en anticipación al siguiente disparo.

El tableteo de las armas automáticas creó un ritmo infernal que reverberaba contra las paredes metálicas del almacén, multiplicando cada sonido hasta convertirlo en una sin

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