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El despacho de Don Héctor olía a cuero y cigarro cubano cuando Victoria cruzó el umbral, sintiendo que cada paso sobre la alfombra persa la acercaba más a un precipicio del cual no podría regresar. Las cortinas de terciopelo mantenían la habitación en penumbra perpetua, creando sombras que parecían moverse con vida propia en los rincones donde la luz no alcanzaba.

—Siéntate —ordenó Don Héctor sin levantar la vista de los documentos esparcidos sobre su escritorio de caoba. Su voz mantenía esa calma peligrosa que Victoria había aprendido a temer más que los gritos—. Valeria, puedes retirarte.

La mujer rubia asintió y se dirigió hacia la puerta, pero no sin antes dirigir una mirada extraña a Victoria, algo que podría haber sido advertencia o compasión. El sonido de sus tacones se desvaneció en el pasillo, dejando &ua

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