Capítulo 0004

Pilar sintió una punzada en su vientre que la paralizó, aún estando en el suelo luego de que Peter cerrara la puerta.

Era la primera vez que estaba embarazada, pero era enfermera y comprendía que esos dolores no eran normales, así que se preocupó.

Miró la madera blanca de la entrada al apartamento, ese objeto que le prohibía regresar a ese bello mundo que tenía con su gran devoción, repleto de futuro y amor, el más entregado amor, algo que casi no tuvo hasta que conoció a ese rubio impresionante de apellido Embert, que siendo tan desconfiado con el mundo, decidió hace un poco más de cinco años confiar plenamente en ella.

De nuevo la punzada y una presión muy fuerte en su pecho. El susto regresó con alarmas encendidas que fueron borradas de un plumazo al ver los billetes en el suelo. La rabia y la impotencia se apoderaron de ella mientras luchaba por levantarse e irse de allí.

Lo fue logrando poco a poco, haciendo respiraciones profundas hasta ponerse de pie.

Se dijo a sí misma que no podía dejarse derrotar, que una actitud cabizbaja no resolvería sus problemas.

Dio los pasos correspondientes hasta el área de ascensores, ubicados diagonal a la puerta del piso. Llamó la máquina, pero ésta tardaba demasiado en responder.

Adentro del apartamento se gestaba un ambiente lúgubre y desolado. Justo al cerrar la puerta, Peter se dirigió hacia la recámara porque necesitó ver lo que ella se llevó y así comprender que de veras se fue. No quería darle demasiadas vueltas a la situación porque enloquecía cada vez más. Dos sentimientos poderosos se adueñaban de él: acabar con ella, que sufriera, y volverla a ver; ese era el desquicie para un hombre recto en todas sus cosas, con una vida basada mayormente en la disciplina y absolutamente entregado a su mujer en cuerpo y alma, un enloquecimiento que la traición le otorgaba.

Su teléfono vibró, era un mensaje de texto de su empleada.

"Estoy preocupada por ti. ¿Hablaste con Pilar? ¿Cómo resultó todo? ¿Ya se fue de tu apartamento? Llámame, por favor. C.H."

Él frunció el ceño, ella solía tutearle, era una buena amiga, pero sintió extraño que le preguntara las cosas de esa forma, sin embargo, para él era razonable que escribiera, puesto que fue ella misma quien le abrió los ojos mostrándole la verdad oculta de su esposa al descubrirla mientras investigaba al mafioso griego.

Se sentó sobre la cama, aún desordenada por el recién despertar de Pilar y mientras pensaba en mil cosas a la vez, entre si responder o no y en todo el peso de lo que sentía y de lo que acababa de pasar, se percató del lugar en el que sin querer eligió sentarse: el lado izquierdo de la cama que le perteneció a su exesposa desde la primera vez que compartieron intimidad. Allí estaba él, sentado con el cuerpo rígido como una roca, pero con su interior agonizante, débil y cansado, con un nudo en su garganta que jamás admitiría.

Algo vibró, se dio cuenta que no era su móvil. Totalmente extrañado, miró todo a su alrededor hasta darse cuenta que la vibración provenía del interior de la gaveta de noche.

La abrió y apretó los dientes al ver el móvil de Pilar abandonado allí, pensando que si hace dos años hubiese desconfiado de ella, con tan solo accionar el dispositivo de rastreo que él le colocó a ese aparato se habría enterado entonces dónde estaba, o al menos que no se encontraba en España.

Hizo memoria de las cosas que ella le dijo cuando se comunicaron, de las mentiras que le creyó al teléfono aquella vez. «¿Cómo pude haber sido tan tonto?», se preguntó, sintiendo vergüenza de sí mismo.

El teléfono volvió a vibrar, así que cogió el móvil con intención de hacer algo, contestar y mandar a paseo a quien estuviese molestando, o cancelar la llamada y apagar el aparato, cuando divisó algo extraño que estuvo oculto bajo el teléfono celular.

El pequeño recuadro con una figura en blanco y negro llamó poderosamente su atención, así que lo agarró, lentamente lo sacó y de ese mismo modo su mundo comenzó a ralentizarse.

—¿Qué es esto? —susurró casi sin aliento.

Recordó de súbito los toques en el vientre que se dio Pilar en repetidas ocasiones durante la discusión.

—¿Está embarazada?

Sus ojos se expandieron y un nuevo nudo apareció en su garganta. Sus manos, queriendo hacerse puños, casi arrugan la ecografía.

Tomó su propio móvil y abrió la aplicación de rastreo, el coche de Pilar tenía un dispositivo con la misma función que el chip incorporado en el teléfono que ella dejó dentro de la gaveta. Necesitaba saber para dónde se había ido, le urgía hablar con ella inmediatamente.

Arrugó la cara cuando vio el carro aún en el estacionamiento del edificio.

—Agarró un taxi, ¡maldita sea!

Se levantó y dio agigantados pasos hacia la puerta principal del piso. Pudo haber llamado al conserje, pero la adrenalina por sus venas tras todo lo ocurrido, más la noticia que necesitaba corroborar, se adueñaron de su cuerpo, lo dirigían hacia delante sin detenerse.

Abrió la puerta y escuchó un ruido extraño en el área de ascensores. Desde allí vio algo en el suelo, parecía... ¿un equipaje?

Corrió hacia aquella zona y su corazón se paralizó al ver la maleta de Pilar impedir que las puertas del ascensor cerraran y a ella en el suelo totalmente inconsciente dentro del aparato.

—¡Pilar!

Se estampó de rodillas hacia una yaciente Pilar. La irguió en sus brazos, apoyándola sobre su regazo para intentar despertarla. En medio del susto, pudo detallar que aún llevaba puesto el ligero pijama tipo batola de seda, que jamás llegó a cambiarse y que además tenía sangre entre sus piernas.

—¡Oh, por dios! Mi hijo… Pilar, ¡despierta, por favor! ¡Ayuda!

La desesperación no le mostraba la razón inmediata. Luego de gritar un par de veces más por ayuda, toqueteó los bolsillos de su chaqueta para ubicar su teléfono celular.

Marcó con urgencia.

 —¡Llama a una ambulancia, Pilar está muy mal! ¡Llámala ya!

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