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Alma salió a las diez y cuarto de la mañana con la excusa de que necesitaba aire.

Era técnicamente cierto. Necesitaba aire en el sentido de que el despacho temporal se había vuelto demasiado pequeño desde que Gael leía los informes con esa forma suya de fruncir el ceño que ocupaba espacio sin ocuparlo, y el pasillo olía a café viejo y a conversaciones que ninguno de los dos sabía cómo terminar. Así que

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