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El expediente no tenía nombre en la portada.

Eso fue lo primero que Alma notó, o más bien lo primero que registró, porque en realidad llevaba varios segundos mirando la carpeta marrón sin procesar absolutamente nada, como ocurre a veces cuando el cerebro decide, con una sabiduría propia y no siempre bienvenida, que necesita un momento antes de enfrentarse a lo siguiente. La carpeta descansaba sobre la mesa del despacho temporal con esa quietud

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