2

POV:

Alma Ferrer

Durante toda la recepción me llamaron Abril.

Y cada vez que asentía, sentía que enterraba un poco más a la persona que era.

 

La recepción ocupaba el jardín de invierno de un hotel que no conocía y que probablemente nunca volvería a pisar en circunstancias normales. Doscientas rosas blancas en jarrones de cristal. Músicos en el rincón nordeste tocando algo que no era exactamente jazz ni exactamente clásico sino el tipo de música que existe para que la gente rica tenga un sonido de fondo mientras habla de dinero. Yo llevaba cuarenta minutos sosteniendo una copa de champán que no había bebido y respondiendo al nombre de mi hermana con la naturalidad forzada de quien ha ensayado una mentira el tiempo suficiente para creerla a medias.

La señora Alcántara me había preguntado por el viaje de luna de miel. Le dije que todavía no estaba decidido, que Gael prefería las sorpresas, lo cual era una mentira construida sobre una suposición construida sobre otra mentira, una arquitectura de ficciones que sostenía el peso de toda esa tarde.

El socio alemán me había preguntado por mi opinión sobre un proyecto de expansión en Múnich. Asentí con la cabeza de la forma en que asienten las personas que saben de lo que hablan cuando no saben absolutamente nada.

La nuera de los Alcántara me había dicho que mi vestido era precioso. No le dije que no era mío.

Gael estaba al otro extremo del salón desde hacía veinte minutos, hablando con tres hombres de trajes oscuros y expresiones del tipo que no se practica sino que se hereda, y en ningún momento en esos veinte minutos había apartado los ojos de mí más de dos minutos seguidos. No era vigilancia exactamente. Era algo más parecido a lo que hace alguien que revisa periódicamente que una variable en un experimento siga comportándose como se espera.

Yo era la variable.

Lo entendí con una claridad que no me hizo sentir mejor pero sí más despejada, que es lo más parecido a la calma que consigo en situaciones que no controlo.

POV:

Gael Valmont

El teléfono vibró en su bolsillo interior por segunda vez en diez minutos. Gael lo sacó con el mismo movimiento con que habría consultado la hora, sin apartar la atención completamente de la conversación, y miró la pantalla.

Era Abril.

Abril Ferrer

Sé lo que hiciste. Sé por qué aceptaste a mi hermana. Si crees que vas a usarla para llegar a mi padre, estás equivocado. Yo puedo darte lo que buscas. Sin ella de por medio. Llámame.

Lo guardó sin responder. Los tres hombres frente a él seguían hablando de márgenes de rentabilidad y él seguía asintiendo en los momentos adecuados, porque había aprendido a operar en dos frecuencias simultáneas desde los veintitrés años, desde la noche en que encontró a su hermano Mateo y entendió que el mundo exigía esa habilidad o te consumía.

Abril no había huido por miedo. Había huido porque sabía exactamente lo que Gael buscaba y había calculado, con esa inteligencia fría que la caracterizaba, que podía negociar desde afuera mejor que desde adentro. Era la hija que la familia Ferrer había entrenado para los negocios, la que conocía los números, los contratos, los nombres. La que tenía las manos sucias de la misma forma en que las tenía su padre.

Alma no.

Gael volvió a mirarla desde el otro extremo del salón. Estaba hablando con la nuera de los Alcántara, con esa atención genuina que tenía para las conversaciones que nadie más consideraba importantes, inclinando levemente la cabeza hacia un lado cuando escuchaba, como si lo que le dijeran mereciera el esfuerzo de procesarse bien. No era el tipo de escucha que se aprende en eventos de networking. Era la escucha de alguien que lleva años siendo la persona menos interesante en cualquier sala y ha convertido la observación en su único territorio seguro.

Sintió algo que no supo nombrar exactamente y que decidió ignorar con la eficiencia de quien tiene cosas más urgentes que atender.

Luego cometió el error de seguir mirándola.

 

POV

Alma Ferrer

Lo vi sacar el teléfono. Lo vi leerlo. Y lo vi guardar el teléfono sin responder con el tipo de decisión en la mandíbula que tienen las personas cuando reciben algo que no querían recibir pero que tampoco les sorprende.

No debería haberme importado. No era mi matrimonio, no era mi vida, era una transacción en la que yo era la moneda de cambio y ya había aceptado eso con suficiente lucidez como para no añadirle más capas de dolor del necesario. Pero algo en esa imagen — él con el teléfono en la mano, esa decisión en su cara, el hecho de que lo guardara sin responder — me instaló una pregunta que no se fue durante el resto de la tarde.

¿Quién le escribía?

La respuesta llegó de la manera más inesperada. Fui al baño cuarenta minutos después, atravesando un pasillo lateral que conectaba el jardín de invierno con el interior del hotel, y al doblar la segunda esquina escuché una voz que conocía mejor que la mía propia.

Me detuve.

Abril estaba al teléfono, de espaldas a mí, con ese vestido azul que yo sabía que se había comprado en Milán el mes anterior porque me lo había mandado por foto con el mensaje "¿demasiado para una boda ajena?" Tenía el pelo suelto y los hombros tensos y hablaba en voz baja con la urgencia de alguien que sabe que está en un lugar donde no debería estar.

"No me importa lo que hayas acordado con él," decía. "Ella no sabe nada de lo que hizo papá y quiero que siga así. Si la usas para hundirlo, la hundes a ella también."

Una pausa.

"No me vengas con eso. Yo sé exactamente qué pasó con tu hermano. Y sé que la firma en esos documentos no es la de Alma."

Me pegué a la pared del pasillo con el corazón golpeándome las costillas desde adentro. Abril siguió hablando durante treinta segundos más, en voz demasiado baja para que yo captara nada, y luego colgó. Se quedó un momento mirando la pantalla. Luego se marchó por el otro extremo del pasillo sin girarse.

Yo no me moví durante un tiempo que no supe calcular.

Había una firma en unos documentos que no era la mía. Había algo que le había pasado al hermano de Gael. Y Abril lo sabía, y Gael lo sabía, y la única persona en toda esa historia que no sabía absolutamente nada era la que llevaba el apellido Ferrer en un vestido que no era suyo y respondía a un nombre que tampoco era el suyo.

Regresé al salón. Encontré a Gael exactamente donde lo había dejado. Me acerqué a él con los pasos de alguien que acaba de entender que el suelo en el que está parado no es el suelo que creía, y cuando llegué a su lado no dije nada sobre lo que había escuchado.

Solo puse mi mano sobre su brazo, el gesto que se espera de una esposa en una recepción, y cuando él bajó los ojos hacia mí con esa expresión evaluadora que tenía para todo, lo miré directamente.

"Necesito que me digas qué firmó mi familia," dije, tan bajo que solo él pudo escucharlo. "Y necesito que me lo digas antes de que yo lo descubra sola. Porque si lo descubro sola, no voy a estar de tu lado cuando eso ocurra."

Algo se movió en su cara. No mucho. Pero lo suficiente.

"Esta noche," respondió, con la misma calma con que había dicho todo lo que me había dicho ese día. "Cuando lleguemos."

Lo que ninguno de los dos sabía era que Abril seguía en el hotel. Que había visto a su hermana salir del pasillo lateral. Que había visto la cara que llevaba Alma cuando regresó al salón. Y que en ese momento, mientras los observaba desde el otro lado del jardín de invierno con su copa de champán en la mano y su vestido de Milán y su teléfono con la conversación sin terminar, Abril Ferrer tomó una decisión que cambiaría la dirección de todo lo que vendría después.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP