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POV:

Alma Ferrer

Hay cosas que uno descubre buscando.

Y hay cosas que te encuentran a ti, sin que hayas dado ningún paso en su dirección,

como si llevaran tiempo esperando el momento exacto para hacerte daño.

 

El primer día completo en la mansión Valmont amaneció con lluvia y con el sonido de Gael saliendo de la casa a las seis y cuarto de la mañana. Lo sé porque no había dormido más de dos horas seguidas y porque la mansión era lo suficientemente silenciosa como para que los pasos de un hombre en el pasillo de mármol sonaran con una precisión casi quirúrgica a través de las paredes. Escuché el ascensor, el vestíbulo, la puerta principal. Luego el coche alejándose por el camino de entrada, y luego nada.

Me quedé en la cama mirando el techo durante veinte minutos, procesando la noche anterior en el orden en que había ocurrido: Elena en el vestíbulo, la historia de Mateo en el salón, la cara de Gael cuando le puse mis condiciones. El alivio que había visto en él y que seguía sin saber bien qué hacer con esa información.

Luego me levanté, me duché y bajé al comedor porque el hambre es el tipo de necesidad que no respeta el drama.

Rosario me dejó el desayuno sin palabras y sin mirarme, lo cual interpreté como su forma habitual de operar y no como hostilidad personal. Me tomé el café de pie junto a la ventana que daba al jardín trasero, donde la lluvia había convertido el césped en algo oscuro y brillante, y pensé que en condiciones normales ese jardín sería hermoso. En condiciones normales yo no estaría ahí.

Fue mientras devolvía la taza a la cocina cuando vi la puerta.

Estaba entreabierta. Una puerta que la noche anterior había estado cerrada con llave, lo sé porque la había probado por puro instinto de orientación cuando recorrí la planta baja buscando el baño. Una habitación contigua a la biblioteca, sin nombre en el marco, con ese tipo de cerradura antigua que no encaja bien con el resto de los acabados modernos de la mansión.

Rosario estaba en el piso de arriba. Lo escuchaba moverse sobre mis cabeza.

Empujé la puerta.

 

Era una sala de trabajo. No el estudio elegante donde Gael me había recibido la noche anterior, sino algo más antiguo y más denso, con estanterías hasta el techo cargadas de archivadores y carpetas con etiquetas escritas a mano, una mesa grande en el centro cubierta de documentos ordenados con esa meticulosidad que tienen las obsesiones cuando llevan tiempo organizándose. Olía a papel y a café viejo y a algo más difícil de nombrar, ese olor específico que tienen los espacios donde alguien ha pasado muchas horas solo pensando en una sola cosa.

Debería haberme ido. Lo sé. Lo sabía en ese momento también. Pero había una fotografía sobre la mesa que me detuvo antes de que el instinto de prudencia pudiera imponerse sobre cualquier otra cosa.

Era de mi padre.

No una fotografía reciente. Tenía unos diez años, calculé, por la corbata y por el corte del pelo que mi padre había llevado hasta que yo tenía catorce. Estaba en lo que parecía una reunión de negocios, sentado frente a una mesa con otras tres personas, y sobre la fotografía alguien había dibujado un círculo rojo alrededor de un documento que mi padre sostenía. El círculo tenía una fecha escrita al margen con letra que ya reconocía como la de Gael: dieciocho de marzo. Y debajo, una sola palabra: Ferrer.

Me acerqué a la mesa.

Los documentos estaban ordenados por fechas, entendí, porque las etiquetas de los archivadores seguían una secuencia cronológica que comenzaba ocho años atrás. Ocho años. Gael llevaba ocho años construyendo ese expediente sobre mi familia, y lo que yo había visto en la carpeta gris con mi nombre la noche de bodas era solo la punta visible de algo que ocupaba una habitación entera.

Abrí el archivador más reciente.

La primera página era un contrato. El membrete era de la empresa de mi padre. La fecha era de hace tres años. Y las firmas al final eran cuatro: mi padre, su socio principal, un abogado que no conocía, y una firma que me resultó familiar de una manera que tardé un momento en ubicar.

Era la firma de Abril.

No la firma de mi hermana en su sentido decorativo, el garabato que usaba en las tarjetas de cumpleaños. Era una firma formal, completa, con sus dos apellidos, en un documento legal que involucraba transferencia de activos de una empresa que yo nunca había escuchado nombrar y que según la segunda página era una filial creada dieciocho meses antes de la muerte de Mateo Valmont.

Transferencia de control accionario. Empresa subsidiaria Ferrer & Asociados S.L. Beneficiario final: G. Álvarez Holdings. Condición de ejecución: liquidación total del proyecto Valmont-Sur antes del primer trimestre. Firmantes: Gonzalo Ferrer, Abril Ferrer, en representación familiar...

Lo leí dos veces. Lo leí una tercera vez porque necesitaba que las palabras cambiaran de significado y no lo hicieron.

Abril había firmado. Abril había firmado un documento que condicionaba el dinero de su familia a la liquidación del proyecto en el que Mateo Valmont había invertido todo. Abril tenía veintiún años cuando lo firmó, y lo había firmado, y nadie me había dicho nada, y yo llevaba veinticuatro años siendo la vergüenza privada de una familia que al parecer tenía razones mucho más concretas para mantenerme alejada de sus documentos.

No escuché los pasos hasta que ya estaban en la puerta.

POV:

Gael Valmont

Había vuelto a buscar la carpeta de los Alcántara, que necesitaba para la reunión de las once y que su asistente le había confirmado estaba sobre la mesa de la sala de trabajo. Entró por el pasillo lateral sin pensar, con el teléfono en la mano leyendo un correo, y la encontró de pie frente a la mesa con el archivador del año tres abierto entre sus manos.

Se detuvo en el umbral.

Alma no se giró de inmediato. Siguió leyendo durante dos segundos más, con esa atención que ponía en todo, antes de levantar los ojos hacia él. Tenía la página del contrato en la mano y la sostenía con cuidado, como quien sostiene algo que podría romperse o podría usarse, y todavía no ha decidido cuál de las dos opciones va a elegir.

Gael esperó.

No era lo que había planeado para ese día. Había planeado contarle más esta noche, con el orden y la cadencia que había calculado, la cantidad exacta de información que necesitaba que ella tuviera para que fuera útil sin que fuera suficiente para que se marchara. Ese orden acababa de quedar obsoleto.

"La puerta estaba abierta," dijo ella. No como excusa. Como dato.

"Lo sé," respondió él. "La abrí yo esta mañana."

Ella procesó eso. Él vio el momento exacto en que lo procesó porque sus ojos se movieron levemente hacia el documento y luego volvieron a él con algo nuevo en la expresión.

"¿La dejaste abierta para que yo entrara?"

Gael no respondió, lo cual era una respuesta.

Ella dejó el archivador sobre la mesa con una suavidad que costaba más que cualquier golpe y caminó hacia él. No para salir de la habitación, porque él estaba en el umbral, sino para acercarse hasta quedar a un metro, a esa distancia en la que las conversaciones cambian de registro porque los cuerpos empiezan a participar aunque ninguno lo haya decidido.

"Abril firmó," dijo. No era pregunta.

"Sí."

"¿Y mi padre?"

"También."

"¿Y yo?" La pregunta salió con una quietud que a Gael le resultó más difícil de sostener que cualquier acusación. "¿Aparezco en algo?"

"En nada."

Ella asintió despacio. Sus ojos recorrieron su cara con esa minuciosidad que tenía para observar, buscando algo que verificar, y luego bajaron un momento hacia su cuello antes de volver a subir. Gael entendió lo que miraba: la marca. Visible bajo el cuello del jersey que llevaba, porque no había pensado en cubrirla esa mañana, porque en su propia casa no había necesitado pensarlo en veinticuatro años.

Extendió la mano hacia ella sin saber exactamente por qué lo hacía, sin el cálculo que acompañaba habitualmente cada uno de sus movimientos, y rozó con la yema de su pulgar el borde de la marca sobre su cuello. Solo eso. Un roce que duró menos de un segundo y que los dejó a los dos completamente quietos.

Ella no se apartó.

Él retiró la mano.

"¿Qué es?" preguntó él, y la pregunta era sobre la marca pero también sobre otra cosa que ninguno de los dos iba a nombrar todavía.

"Mi familia dice que es una maldición," respondió ella. "Que nací marcada y que todo lo que toco se estropea."

Una pausa.

"Y tú," dijo Gael, "¿qué dices tú?"

Alma lo miró directamente. Con esa mirada que Elena había descrito como peligrosa y que desde esa distancia Gael entendió que era otra cosa: era la mirada de alguien que lleva toda una vida sin que nadie le haga esa pregunta.

"Digo que la única persona de mi familia que no firmó nada es la que llevan veinticuatro años llamando maldición," dijo. "Lo cual me hace pensar que quizás no soy la maldición. Quizás soy lo único que les salió bien sin que ellos lo supieran."

POV:

Alma Ferrer

Gael me miró durante un momento que no supe medir. Y luego se apartó del umbral para dejarme pasar, y yo salí de esa habitación con las piernas firmes y el pecho apretado y la certeza de que algo había cambiado en el espacio entre nosotros, aunque ninguno de los dos lo hubiera nombrado ni tuviéramos todavía el vocabulario para hacerlo.

En el pasillo me detuve sin girarme.

"Necesito pedirte algo," dije.

Escuché sus pasos detenerse a mi espalda.

"Necesito ver todos los documentos que tengas sobre mi familia. No los que decidas mostrarme. Todos."

El silencio duró el tiempo de una respiración larga.

"¿Por qué?"

Me giré. Estaba a dos metros, con la carpeta de los Alcántara en la mano que había ido a buscar y que seguía ahí, olvidada, porque la conversación había tomado una dirección que ninguno había planeado.

"Porque si voy a ayudarte a hundirlos," dije, "necesito saber exactamente qué hicieron. Y si voy a defenderlos, necesito saberlo también." Una pausa. "Pero sobre todo porque llevan veinticuatro años tomando decisiones sobre mi vida sin decirme por qué. Y ya no voy a dejar que nadie más haga eso. Ni ellos. Ni tú."

Gael me sostuvo la mirada durante un tiempo que fue más largo de lo habitual en él, de lo que su compostura habitual permitía, y en algún punto de ese silencio ocurrió algo que no tiene nombre preciso pero que los dos sentimos con la misma claridad: el momento en que una negociación deja de ser una negociación y se convierte en otra cosa.

"Esta noche," dijo finalmente. "Cuando vuelva."

Y se marchó hacia la puerta principal con la carpeta bajo el brazo y la marca de mi pulgar invisible sobre su mente, y yo me quedé en el pasillo de mármol con la certeza incómoda de que lo que había rozado en esa habitación no había sido solo una marca de nacimiento.

A las tres de la tarde llegó un sobre a la mansión. Sin remitente. Mi nombre escrito a mano en el exterior, con la letra de alguien que conocía mi caligrafía lo suficiente como para imitarla de forma imperfecta, lo suficiente para que yo lo notara. Dentro había una sola fotografía: mi padre y un hombre que no reconocí, firmando algo en lo que parecía ser una notaría. La fecha en el sello de la foto era tres días antes de la muerte de Mateo Valmont. Y en el reverso, escrito con el mismo bolígrafo con que habían escrito mi nombre en el sobre: "Tu familia no actuó sola. Pregúntale a Gael quién más firmó."

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