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La caja no era grande.

Eso era lo primero que pensó Alma cuando Gael la dejó sobre la mesa del despacho temporal con el cuidado específico de quien sabe que lo que contiene algo pesa más de lo que aparenta. Era una caja de archivo corriente, de cartón reforzado, con una etiqueta en el lateral que alguien había escrito a mano con una caligrafía que Alma reconoció antes de leer el nombre completo. Bastó la curva de la A. Bast

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