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La fotografía llevaba cuarenta minutos sobre la mesa y ninguno de los dos la había vuelto a tocar.

Alma lo notó primero. Gael había estado moviéndose desde que entraron al despacho —hacia la ventana, hacia el archivo, hacia la ventana otra vez— con esa energía contenida que tenía cuando procesaba algo que no quería procesar. Era un movimiento circular, casi mecánico, como si sus pies supieran que quedarse quieto

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