El frío calaba mis huesos; cada ráfaga helada parecía penetrar más allá de mi piel, dejándome temblando incontrolablemente. Mis manos estaban entumecidas, cada respiración que tomaba era un tormento. Mis pulmones ardían como si estuvieran en llamas. El frío era insoportable, una tortura que no podía comprender ni soportar.
—Ayuda —dije a la nada, mi voz apenas un susurro apagado.
Sentía cómo la vida se me escapaba. Cada minuto que pasaba bajo esta tortura helada me dejaba más débil, más cerca