La noche había llegado y, con ella, una calma que me envolvía. Estaba agotada; los niños, llenos de energía, no me habían dejado descansar en todo el día. Mientras la oscuridad se asentaba en la habitación, la puerta se abrió lentamente. Incluso antes de que Eirik cruzara el umbral, ya sentía su presencia, esa energía familiar que siempre traía consigo. El silencio entre nosotros hablaba más que cualquier palabra.
Mis hijos dormían en la habitación donde él solía descansar, y yo estaba sola, sol