El gran salón de baile resplandecía como una herida que se negaba a cerrarse.
Las lámparas de araña de cristal proyectaban luz sobre los suelos de mármol veteados de oro. Los vestidos de seda susurraban como conspiraciones susurradas. La música —de cuerdas y flautas bajas y palpitantes— se enroscaba en el aire, cargada con el aroma a jazmín, ámbar gris y el tenue toque metálico de la anticipación. Nobles de todas las provincias fronterizas se arremolinaban en órbitas calculadas alrededor del es