El dormitorio real olía a humo de cedro y al tenue olor a cobre del miedo que aún no había abandonado su piel. Darian había despedido a los sirvientes horas antes; el fuego se había apagado, proyectando largas sombras ambarinas sobre la enorme cama con dosel y el suelo de mármol negro. Callie permanecía desnuda en el centro de la habitación, con las muñecas cruzadas a la espalda, esperando tal como él le había ordenado al dejarla en la puerta de la antecámara.
Regresó en silencio.
La puerta se