La puerta se abrió con un crujido poco después del amanecer, aunque Callie hacía tiempo que había perdido la noción del tiempo. Le ardían los brazos por la tensión, las muñecas enrojecidas bajo las esposas de cuero, pero el dolor era un zumbido lejano comparado con el fuego que se había encendido en su interior. No había dormido, no podía, con su cuerpo suspendido en ese exquisito limbo que Darian le había impuesto. Cada músculo temblaba, su piel hipersensible a la más mínima corriente de aire, sus muslos resbaladizos por la evidencia de su necesidad insaciable. El dolor y el deseo se habían tejido en un tapiz que ya no deseaba desentrañar; ahora era su ancla, la que la ataba a él.
Darian entró en silencio; su presencia era una fuerza tangible que la dejó sin aliento. Al principio no habló, simplemente la observó desde la puerta, su mirada recorriendo su cuerpo tembloroso como una caricia que casi podía sentir. Cuando se acercó, sus pasos eran mesurados, cada uno resonando en su pecho