La puerta se abrió con un crujido poco después del amanecer, aunque Callie hacía tiempo que había perdido la noción del tiempo. Le ardían los brazos por la tensión, las muñecas enrojecidas bajo las esposas de cuero, pero el dolor era un zumbido lejano comparado con el fuego que se había encendido en su interior. No había dormido, no podía, con su cuerpo suspendido en ese exquisito limbo que Darian le había impuesto. Cada músculo temblaba, su piel hipersensible a la más mínima corriente de aire,