La habitación que Darian eligió no era la que Callie esperaba.
Era más pequeña que su aposento privado, más estrecha, sin ventanas. Las paredes de piedra estaban desnudas, salvo por unos anillos de hierro incrustados deliberadamente en la mampostería: viejos, con un propósito, sin usar desde hacía años. El aire olía ligeramente a aceite y piedra fría, desprovisto de comodidad, desprovisto de ornamentos.
Una habitación hecha para resistir.
Callie se quedó en el umbral, con el pulso acelerado, el