La habitación que Darian eligió no era la que Callie esperaba.
Era más pequeña que su aposento privado, más estrecha, sin ventanas. Las paredes de piedra estaban desnudas, salvo por unos anillos de hierro incrustados deliberadamente en la mampostería: viejos, con un propósito, sin usar desde hacía años. El aire olía ligeramente a aceite y piedra fría, desprovisto de comodidad, desprovisto de ornamentos.
Una habitación hecha para resistir.
Callie se quedó en el umbral, con el pulso acelerado, el cuerpo ya reaccionando a pesar de su esfuerzo por mantener la compostura. Se había preparado según las instrucciones. Se bañó. Se vistió con sencillez. Pensó hasta que sus pensamientos se desdibujaron en sensaciones.
No se arrodilló.
Esperó.
Darian entró tras ella y cerró la puerta en silencio.
"Viniste voluntariamente", observó.
"Sí, mi Rey".
"Sin dudarlo".
"No".
La rodeó lentamente, con pasos pausados. El silencio fue deliberado: una lección temprana. Su cuerpo llenó la quietud con sus propia