La llamada no llegó como una orden.
Eso por sí solo la inquietó.
Ningún guardia apareció en sus aposentos. Ninguna orden verbal resonó por el pasillo. En cambio, Callie encontró una pequeña tira de pergamino oscuro, cuidadosamente doblada sobre su uniforme doblado, al regresar de sus tareas matutinas.
Una línea. Escrita con la letra precisa de Darian.
Hoy serás vista.
Sus dedos temblaron al doblar la nota.
Vista.
La palabra se instaló en su pecho con una extraña mezcla de temor y anticipación. Se vistió con más cuidado que de costumbre, alisando la tela, ajustando las costuras, consciente de cada centímetro de sí misma como si su cuerpo ya estuviera bajo inspección.
El palacio se sentía diferente esa mañana. El aire, más denso. Las conversaciones se interrumpían a su paso. Los sirvientes la miraban y luego apartaban la mirada rápidamente, como si presentieran algo inminente.
Cumplía con sus tareas asignadas con obediencia practicada —ir a buscar, limpiar, ordenar—, pero los nervios le