El palacio dormía intranquilo.
Las antorchas ardían tenues en los pasillos interiores, su luz se extendía tenue sobre los muros de piedra como vetas de oro moribundo. Callie se movía por ellos en silencio, con los pies descalzos entumecidos contra el frío suelo, el pulso tan fuerte que temía que la delatara.
No la habían llamado.
Había venido de todos modos.
La habitación privada de Darian se alzaba al final del pasillo: las puertas cerradas, los guardias despedidos. Una vulnerabilidad delibera