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Las noticias mundiales explotaron con reportes imposibles: Estatuas de faraones antiguos en museos de todo el mundo estaban cobrando vida, y todas se movían con un solo propósito aparente: Marchar hacia Egipto.

La primera ocurrió en el Louvre. El guardia nocturno había escuchado el sonido de piedra raspando contra mármol a las tres de la madrugada. Cuando llegó corriendo a la sala egipcia, encontró el pedestal de Ramsés II vacío. Las cámaras de seguridad mostraron algo que ningún científico podría explicar: la estatua de granito de tres toneladas simplemente se había puesto de pie, había girado la cabeza con un movimiento que debería haber sido imposible para piedra sólida, y había caminado hacia la salida más cercana. No corrió. No se apresuró. Simplemente caminó con la dignidad de un rey que había gobernado durante

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