Tutankhamun, faraón de Egipto a sus veintitrés años, se despertó de la misma pesadilla recurrente que lo atormentaba desde hacía meses: Una mujer de cabello negro llorando mientras desaparecía en la niebla, llamándolo con voz que le rompía el corazón.
El sudor empapaba las sábanas de lino fino que cubrían su cuerpo atlético, y sus manos temblaban mientras se incorporaba en la cama real. La luz dorada del amanecer se filtraba por las ventanas altas de su cámara, pero no conseguía disipar la sens