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Neferet y Amenhotep cayeron de rodillas ante la diosa Isis, no por obligación religiosa sino porque la presencia divina era tan abrumadora que sus piernas simplemente cedieron bajo el peso de la inmortalidad manifestada.

La diosa se alzaba ante ellos con una belleza que dolía contemplar directamente. Su rostro era perfecto más allá de cualquier descripción mortal, cada rasgo esculpido por manos que habían creado las estrellas mismas. Su cabello negro flotaba alrededor de su cabeza como humo líquido, y sus ojos brillaban con la luz de mil soles nacientes. Las alas doradas que se extendían desde sus hombros pulsaban con energía que hacía vibrar el aire mismo, y el símbolo del ankh en su frente irradiaba una luz que no cegaba pero que penetraba hasta el alma.

—Levántense, mortales —dijo con voz que sonaba como mil voces en perfecta armonía—. No vine a ser adorada s

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