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Neferet miró a Satiah, luego a Amenhotep, y dijo las palabras que sabía podían matarlos a todos: —No me iré sin mi hijo.

El silencio que siguió fue denso como la niebla del amanecer sobre el Nilo. Estaban refugiados en una habitación abandonada en las profundidades del palacio, donde el aire olía a piedra húmeda y a siglos de secretos enterrados. Las antorchas proyectaban sombras danzantes sobre sus rostros tensos, cada uno calculando las probabilidades de supervivencia.

Amenhotep no dudó ni un instante. —Vamos juntos.

—Es suicidio —protestó Satiah, su voz ronca por el humo del incendio que habían usado para escapar de la plaza. Una venda manchada de sangre cubría la herida en su hombro—. Veinte guardias contra cinco de nosotros. Y eso si logramos llegar hasta donde tienen al niño.

Neferet sintió el peso de la decisión com

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