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Neferet miró a Satiah, luego a Amenhotep, y dijo las palabras que sabía podían matarlos a todos: —No me iré sin mi hijo.

El silencio que siguió fue denso como la niebla del amanecer sobre el Nilo. Estaban refugiados en una habitación abandonada en las profundidades del palacio, donde el aire olía a piedra húmeda y a siglos de secretos enterrados. Las antorchas proyectaban sombras danzantes sobre sus rostros tensos, cada uno

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