El ala oeste tenía una luz diferente a la del resto del palacio.
No por ninguna razón arquitectónica que la distinguiera de las otras alas, sino porque las personas que la habitaban —los miembros de la familia real sin cargo activo en la corte, los parientes que el protocolo necesitaba alojar sin necesitar consultar— producían en ese espacio una quietud particular, la de los corredores que reciben menos tráfico y donde por lo tanto la luz de la tarde tenía tiempo de asentarse sobre la piedra si