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La sangre que Senma vomitó no era roja. Los cristales negros se estrellaron contra el suelo de mármol de sus aposentos privados con un sonido que recordaba al hielo rompiéndose, cada fragmento reflejando una luz que no provenía de las antorchas sino de algo más profundo, más antiguo. Naia se arrodilló junto a su hija antes de que el segundo espasmo la sacudiera, sus manos temblando mientras intentaba sostenerla.

—No la toques&mdash

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