—¿Será que no se va a ir jamás? —preguntó Mía, desesperada, y Corono sonrió entre preocupado y divertido.
Ver a su esposa molesta, pero ya no tan nerviosa, le gustaba un montón. Y es que, con el paso de los días, y ver que el otro no hacía mucho más que saludarla a la hora de la comida, había ayudado a la joven a entender que nada malo pasaría.
De todas formas, legalmente ella ya ni siquiera tenía un apellido de Lutenia, además, no había nadie en ese lugar, exceptuando su esposo, que supiera s