Su rostro estaba a centímetros del mío.
—¿O qué? —pregunté, con la espalda pegada contra la puerta.
La mano de Alexander permaneció apoyada junto a mi cabeza.
—O dejo de luchar contra esto ahora mismo.
Lo empujé en el pecho.
—No tienes derecho a hacer esto. No puedes alejarme durante días y luego acorralarme como si de repente no pudieras controlarte.
No se movió ni un centímetro.
—¿Crees que planeé esto? ¿Crees que quería estar aquí deseando a la mujer que me engañó?
—¿Deseando? —Me reí en su