Cuando tu esposo tiene sexo con tu cuerpo mientras otra alma lo controla, el concepto de consentimiento se desintegra en paradoja legal y moral.
La luz de las velas proyectaba sombras danzantes sobre las paredes de nuestra habitación cuando Damián cerró la puerta tras de sí. El sonido del pestillo al encajar resonó como una sentencia. Yo estaba consciente, atrapada en mi propia carne como espectadora de mi propia violación, mientras Ravenna controlaba cada músculo, cada respuesta, cada gemido que escapaba de mis labios.
—Es el cuerpo de mi esposa —murmuró Damián, más para sí mismo que para la mujer que se alzaba de la cama con movimientos que no eran míos—. Tiene necesidades.
Pero sabes que no soy yo, quise gritarle. Sabes que cada caricia que recibes viene de ella, no de mí.
Ravenna sonrió con mi boca, pero la expresión era completamente suya: predadora, hambrienta, desprovista de la ternura que yo habría mostrado. Se acercó a él con pasos calculados, cada movimiento de mi cuerpo una