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Ser atada a una cama es humillante; ser atada porque no puedes confiar en tu propia mano izquierda es existencialmente aterrador.

Las cuerdas de seda se hundían en mis muñecas mientras forcejeaba contra las ataduras que el Rey y Damián habían asegurado con nudos que ninguna fuerza humana podría deshacer. Mi cuerpo se retorcía en direcciones opuestas, como si dos voluntades distintas habitaran cada extremidad.

—¡No soy yo! —grité, tirando de las ligaduras hasta que la piel se me enrojeció—. ¡Es
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