Matar a alguien dentro de ti no es asesinato sino suicidio parcial, porque el cadáver nunca se va; solo deja de pelear y empieza a pudrirse.
Las palabras del Rey resonaron en el silencio denso de la habitación como una sentencia de muerte dictada por un juez cansado. Sus ojos rojos carmesí me estudiaban con una intensidad que atravesaba la piel, buscando algún vestigio de la mujer que había conocido antes de que mi cuerpo se convirtiera en campo de batalla.
—Es la única manera, Adriana —insisti