El lugar estaba en completo silencio, mientras la tensión del ambiente pesaba sobre mis hombros. Sin embargo, mi dedo en el gatillo no temblaba, ni mi vista se apartaba ni por un segundo de aquel hombre que sostenía a mi pequeña.
Ernesto irrumpió con una risa burlona y estrepitosa, claramente disfrutando del "espectáculo".
—Suéltala —ordenó finalmente, con un gesto de su mano.
El hombre obedeció de inmediato, y Linsey corrió hacia mí, abrazándome fuertemente. La estreché con lágrimas en los ojo